"Amor Fati". Nada que ver:
Todo cambia, todo es movimiento, nada es estático. Así se muestra la vida: un enterno fluir. En tanto que seres temporales, finitos, nos vemos estrechamente ligados al incógnito del tiempo; concepto abstracto que da cuenta de la realidad. De este modo, la vida parece cobrar cierto sentido. El devenir de las "cosas", el sinsentido de un ente, relativo, que lo arrastra, en el buen sentido, hacia lo infinito. La belleza de lo desconocido, la agonía del delirio, el amor al ser, imperturbable en su cruel soledad. El ser que se aferra al vacío, que abraza el aire, que nutre su esencia por mera carencia. El tiempo; un reloj; una pila. Vivir, el juego que anhela un orden; un dado. El ser humano; una rana, un sapo, imperfecto por naturaleza, no sabe, no conoce, no "es" en la mayor parte de su vida. Y esto, en fin, es lo que le hace sentido, querido, amado. Todo transcurre en la medida en que creemos en algo. Algo que depende incondicionalmente del tiempo. Anclados en él, como las agujas del inmeso reloj que, año tras año, descansa sobre la misma pared, el mismo lugar de mi habitación. Todo cuanto "está" se pierde dando lugar a un nuevo "estar" de algo. Es la más pura reencarnación que sufren los hechos, en tanto que cambiantes, en tanto que corren a la vez que lo hace el tiempo. No es sino, el propio ser, quien ve la dificultad en el diario fluir de su vida, obstaculizando así el paso de las "cosas" en su debido tiempo. Vamos con "Ritardando". La vida corre más deprisa, juega con ventaja.
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