martes, 25 de octubre de 2011
El tiempo corre desmesuradamente rápido pese a que en todo momento, éste siga el habitual transcurso de su indefinida esencia. Instantes eternos que se repiten incondicionalmente. Todo vaga tranquilo por las desordenadas calles de este mundo cuadrado, todo parece como siempre lo ha parecido. Mientras unos andan sigilosamente, otros corren alborotadamente. Me son insuficientes los pesados compases que marca la vida con el terrible bombardeo de las agujas, que rompe el silencio de todo sistema. Tic-tac, todo se aproxima, nada cambia, todo muere.Parecen inevitables los fríos sudores que a uno le recorren por el cuerpo, cuando tras haber transformado cortos pasos en largas y rápidas zancadas, deja caer su débil cuerpo sobre el asfalto. Y quedan menos de 60 “tic-tacs” y la vida parece desbordarse por un mero suspiro. Todas las penas parecen ahogarse tras un vehemente mar de lágrimas, toda felicidad parece expirar tras infinitas efímeras carcajadas, toda angustia parece encontrar su sentido tras agudos gritos de desesperación. Para todo existe algo.
De pronto algo terriblemente bello, algo desmesuradamente exquisito, algo cruelmente perfecto, hace palpitar ansiosamente mi, hasta el momento, inerte corazón.
Entonces me di cuenta que había muerto.
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